Hay que ser tonto para comprarse un gremlin.

Hay que ser tonto para comprarse un gremlin.

Ayer cometí el error de volver a ver una de esas películas que te marcan en la niñez: Gremlins. Está claro que sin la inocencia y, por qué no decirlo, el miedo con el que la contemplé la primera vez pierde mucho. Sobre todo en credibilidad.