Nuestra historia: El primer monólogo II

Monologuistas — By on 13 noviembre, 2011 1:48

Después de contar en el post anterior como la autoría de este primer monólogo fue usurpada por la red de redes. Llega el momento de ubicarlo del lugar del que nunca debio salir, su casa, nuestra web.

Después de tanto tiempo reclamo en público a mi criaturilla, que se parece a su padre… sobre todo en el escatológico.

El tema del que vengo hablar hoy no son las películas de terror, y sin embargo provoca escalofríos, sudores, sufrimiento, acongoje y, sobre todo,… es para cagarse.

Sí, voy a hablar del apretón. Aquel que no lo haya sufrido será uno de esos ignorantes que piensa que el peor dolor es el de muelas o el dolor del parto, o el de un tiro en el estómago… sin embargo aquellos de vosotros que lo hayáis sufrido sabéis de lo que hablo, y seguro que se os ponen los pelos como escarpias sólo de pensar que puede ocurrir de nuevo en cualquier instante.

Porque lo peor del apretón es que aparece por sorpresa y entonces sabes que estás perdido.
Imaginad, es un sábado por la noche y estás con los amigotes en un lugar de marcha; de repente, sientes que se mueven tus intestinos, un retortijón te hace doblarte de dolor y piensas ingenuamente “este dolor lo soluciono yo con un buen pedo”. Y te vas acercando disimuladamente a los altavoces para que la música mitigue el sonido de tu incontenible ventosidad, el local está abarrotado, y como no te puedes aislar del resto, tienes que elegir a una víctima… así que colocas tu espalda junto al chulo aquel que guiñó el ojo a tu chica,… Y …¡zas!.

Descubres horrorizado que tu pedo no era todo lo etéreo y gaseoso que deseabas, y tienes la seguridad que esa noche tampoco vas a tener sexo, pero esta vez es porque tú no lo deseas, porque por nada del mundo dejarías que tu novia viese el nuevo estampado de tus calzoncillos…. y lo peor de todo… sabes que has abierto brecha……

Tu pedo con sorpresa ha dejado el camino expedito (no es pedito) a todo lo que viene detrás. Y esto ya no hay quien lo pare. Y de repente sabes que en tu organismo se ha activado una bomba de relojería y ha comenzado la fatídica cuenta atrás.

Inevitablemente va a estallar. DIEZ, NUEVE…. . Te hubiera gustado estar en un restaurante… o mejor aún … en tu propia y añorada casita. Pero la fatalidad ha querido que te encuentres en un bar de marcha, el tiempo es un factor crítico y ya no puedes elegir.

Te encaminas al baño. Al llegar hay cola…. .SIETE, SEIS…. se te pasa por la cabeza la posibilidad de matarlos a todos. Decides que, al fin y al cabo, eres un hombre y que puedes aguantar un poco más… CINCO… Lloras, gimes, te pones de rodillas y suplicas que te dejen pasar, que es una auténtica urgencia, a vida o mierda.

Ignoras sus carcajadas y avanzas hasta conseguir meterte en el único cubículo que hay en el baño. La puerta carece de cerrojo, pero a tí eso ya poco te importa. Estás contento porque hay taza, en lugar de un mísero e inmundo agujero en el suelo.

Sin embargo empiezas a fijarte en los detalles.

Colocar tu culete sobre las salpicaduras que luce ese inodoro podría producirte una úlcera de glúteo, o al menos algún sarpullido. Se te ocurre la genialidad de que podrías cubrirla con papel higiénico y entonces descubres, con horror que, efectiva y tristemente, que no hay papel higiénico. Y recuerdas con rabia que el sabio y desinteresado consejo de tu madre de llevar un paquete de kleenex en el bolsillo no era tan ridículo como te había parecido hasta ese momento. De repente aparece un rayo de esperanza cuando recuerdas que guardaste unas cuantas servilletas de papel de servilletas del burguer en el bolsillo.
TRES, DOS … las colocas rápidamente cubriendo la zona de sentado, pero al contacto con la taza las servilletas se disuelven y empiezas a pensar que aquello no es un baño de diseño y que aquel inodoro no fue amarillo en el principio de los tiempos.

UNO y… se acabó, no hay más tiempo, te bajas los pantalones con presteza y desde una distancia razonable en la que tu vello púbico no corre el riesgo de teñirse de rubio apuntas con rapidez y…CERO.
AAAAAAAAAAHhhhhhhh….¡Qué gusto!…. eres feliz, ha sido como un orgasmo. La lástima es que no puedes relajarte y fumar un cigarrillo. Alguien golpea la puerta y la empuja, te das la vuelta para sujetarla con el culo procurando que tus pantalones no entren en contacto con ese suelo hábitat de sapos, culebrillas y seres uni y pluricelulares varios. Entonces contemplas el terrible panorama. Si Guillemo Tell hubiese tenido la misma puntería con el arco que tú con el culo posiblemente Guillermito, su hijo, el auténtico héroe del cuento, hubiera llevado toda su vida una protuberancia con forma de flecha en la frente.
Ya no quedan más servilletas en tus bolsillos.

Sólo hay un modo de solucionar aquello…. sacrificar tus gayumbos. Sí, son tus gayumbos de la suerte, pero van a morir en acto de valor… . Así que te los quitas, te dispones a arreglar el desaguisado en la taza y una racha de aire fresco, te recuerda que lo primero es literalmente salvar tu culo.
No es que tengas un tarzanito colgando de los pelos, la familia numerosa de Chita cuelga en cada una de tus lianas. Y si no haces algo van a integrarse con tus vaqueros. Así que lo primero es lo primero: Utilizas tu talismán de la suerte para tu higiene personal.

Respiras y la situación es la siguiente: la gente llamando a la puerta, la taza coronada con tu obra churrigueresca, tus calzoncillos olorosos sujetos entre el pulgar y el índice de tu mano derecha… .
Y ya sólo quieres salir huyendo de allí cuanto antes, entonces arrojas los gayumbos en la taza, tiras de la cadena…. y cuando ves que la taza atascada se va a desbordar sales corriendo de allí sin dignarte a mirar a nadie a la cara, agarras a tu perpleja novia con la mano derecha y al salir a la calle sabes que a ese local tampoco vas a poder volver porque la has cagado… mejor dicho… porque lo has cagado

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